Somos jóvenes,
y vamos a comernos el mundo.
No tenemos miedo a nada,
ni siquiera al tiempo.
Nos consideramos eternos,
y por tanto, lo somos.
La inspiración es un pájaro arañándome el pecho,
diciéndome que grite más fuerte,
que lo diga más alto,
que corra más rápido.
Tengo dieciséis años y no sé nada del mundo,
pero quiero guiñarle un ojo en todas las estaciones
de tren que aún no me han despedido.
Somos jóvenes y no queremos patria,
no queremos hogar, ni normas.
Queremos hacerlo todo, por amor al arte,
queremos hacerle el amor al arte
para que se quede a dormir cada noche
y nos salve la vida.
Nuestra tristeza es tan amarga como dulce la alegría,
nuestra pena es tan cruel como fuerte es la pasión,
creemos en muchas cosas,
pero no en la indiferencia.
Vamos a girar en círculos inmensos
hasta que lleguemos a ninguna parte,
porque vivimos en cualquier sitio
y toda excusa es buena para reinventarse.
Ahora que tenemos toda la vida por delante,
que afirmamos no parecernos en nada
a nuestras frustraciones del mes pasado,
que estamos enamorados de la idea
de estar enamorados.
Somos tan libres que todo parecen cuerdas,
queremos enloquecernos,
comernos,
bebernos,
escribirnos,
huirnos por la puerta de atrás y saltarnos por la ventana.
No tenemos miedo a nada,
menos al miedo.
Porque el miedo (m)ata.
sábado, 22 de marzo de 2014
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